Cualquier decisión cambia irremediablemente
el curso de las cosas. Y es entonces, cuando te planteas cual puede ser la
mejor decisión, la que te parece más correcta, la que en teoría te hará más
feliz…
Es curioso… la mayoría de las veces no
elegimos la mejor decisión pero sin embargo es la que más feliz nos hace…
aunque siempre hay excepciones.
Y así avanza nuestra vida... mediante
decisiones. Tomando la iniciativa o siendo la parte final de la decisión, pero
siempre dependemos de la elección, del sí, del no, del quizás… decisiones por
las que no nos acabamos de decidir.
Es increíble cómo cambia la vida de un año
para otro. Hechas la vista atrás y entonces te vienen los recuerdos. Malditos
buenos recuerdos.
No comprendes porqué todo cambia tan rápido,
porqué todo lo que quieres se esfuma, porqué aparece lo que te da miedo.
Las palabritas se las lleva el viento y las
promesas no se cumplen, jamás.
Al pase lo que pase se lo lleva por delante
el orgullo de quien te dice “te quiero” pero no demuestra lo que supone esa
frase. Y por muchos quienes que haya a los que les pese que le quiera, una
sigue, sujetando el peso de lo que más ha querido en su vida.
Puedes luchar por no tener un final feliz,
pero si nadie más te ayuda, llega el fin… y sin el feliz.
“Si tú me dices ven, lo dejo todo” pero dilo
joder.
Hay trenes que pasan una vez en tu vida,
otros que paran varias veces y otros que no te llevan a donde tú querrías que
te llevaran. Después está el tren por el que saltarías a las vías, sin
pensarlo, una y otra vez… para morir de amor, aunque sea de esa manera, aunque
te haga daño.
Y así nos va. Preferimos sufrir amando que sonreír
queriendo a medias.
Creo en mi, creo en ti, creo en nosotros. Creo
en el golpe de suerte que me llevó hasta ti… aunque aún me duela.
Por creer, creo que todo pasa por algo. Que entre
el blanco y el negro hay una infinita gama de grises. Que todo tiene arreglo en
esta vida, menos la muerte.
Creo en los números, creo en las fechas, creo
en la espinita que tenemos clavada.
Y póntelos bien, los huevos digo, para dejar
de jugar a que todo te la resbala. Y ódiame, mucho, que entonces me querrás mil
veces.
Es el miedo al adiós lo que nos mata por
dentro. Las amargas despedidas, el hasta pronto que se convierte en hasta
siempre. El perder a alguien sin haberte echo a la idea. Miedo a que ni
siquiera hayas dicho adiós. Miedo a que de la noche a la mañana pierdas a lo
que más quieres, sin motivos, sin razón alguna. Es miedo al vacío que notas
cuando piensas en que nunca más volverás a darle un beso. Miedo a verle y
mirarle como a un desconocido. Miedo incluso a no volver a verle. Miedo al
arrepentimiento. Miedo a que desaparezca para siempre de tu vida. Miedo al
cansancio, a la monotonía. Miedo al olvido.
Y si no tuviéramos miedo a vivir al límite
mejorarían nuestras decisiones, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en
el mañana, sólo viviendo el presente.
"Porque el amor
cuando no muere mata... porque
amores que matan nunca mueren"