Creer que teníamos solución ha sido el problema.
Patada tras patada seguí ahí, aún sabiendo que tarde o
temprano acabaría pataleando por el estúpido de turno.
Yo era la de los consejos y ahora no tengo consuelo ni
consejero que me entienda.
Por seguir buscando perdices que me llevaran a un final
feliz acabé encontrando carroñeros que me sacaron hasta el último pedazo de mi
misma.
Me consume tus “me la resbala” mientras una lágrima es lo
único que resbalaba en mi mejilla.
Segundas partes nunca fueron tan buenas como nosotros.
Acabamos siendo un cuento sin moraleja donde el príncipe se convirtió en rana.
Y al final lo único que queda es emborracharse a Red Bulls
para volver a tener las alas que tú un día me cortaste.
Tirarse a un barranco sabiendo que abajo no va a haber nadie
que pare la caída. Que tú sola tienes que salvarte el culo porque nadie más va
a mirar por este sin un motivo más allá de que sea redondo y bonito.
Es curioso lo rápido que se olvida lo vivido, eso dicen.
Puse mis cartas sobre la mesa pero no contaba con el As de
tu manga. Enhorabuena chico, me has ganado.
De todo juego se aprende. Lo que está claro es que no
arriesgo más mis fichas por alguien que haga trampas.
No soy de echarla a suertes. Llámame rara por quererte, yo
lo haría.
Espero que no encuentres lo que te mereces, porque ahora
mismo son dos tortas.
Y como agua estancada seguía apestándome con estupideces que
no llevaban a ningún lado, pero ahí seguía, estancada.
No hay buenos ni malos, sólo hay puntos de vista diferentes…
sin embargo jamás echaste la vista al frente para ver más allá de lo que se ve
cuando sólo miras hacia abajo para no dar la cara.
Y por el interés un día Andrés fue querido.
Tu insentimientalidad* me la paso por donde te perdías cada
noche. Que hasta el más capullo tiene mariposas.
De donde no hay, no se puede sacar nada, sin embargo, yo
tenía tantas cosas aún para llenarte…
Es sorprendente cómo cuando tu corazón dice basta, te
conviertes en un escudo inmune a todo lo que te pueda hacer daño. El caso es
que la cabeza va a su puta bola y sigue hilando, igual que hilábamos nuestras
tonterías esas noches de locuras.
Quizás el fallo esta vez fue mío por cerrar con puntos las
heridas, con puntos suspensivos.
¿Sabes? No te odiaré más allá de lo que tú y yo sabemos lo
que significa odiar.
No pedía un te amo, ni si quiera un te quiero a secas.
Quería un “te quiero ver feliz, te quiero sonriendo, te quiero comiéndote el
mundo, te quiero haciendo el payaso, te quiero con tus tonterías, te quiero
pasándolo bien contigo, te quiero riéndonos, te quiero, sin mí, pero te
quiero”. Pero el adiós se marcha en silencio, y el silencio significa deshacer
todo lo que gritó en su momento el amor, sin demostrar nada de lo que fue y
dejó de ser.
Esto será lo último en el libro que cerraré, sin pasar más
páginas, ni doblar hojas porque me gusten.
No te creo, créeme tú a mí, te quise como a nadie… pero se
acabó.